La vieja trampa de los centros comerciales

Artículo de opinión de Miguel Jurado para el períodico Clarín sobre los centros comerciales o shoppings.

Si estás alarmado por la información que te sacan en la web, te cuento que no es nuevo: ¡hace tiempo que saben todo de nosotros! ¿Quiénes? Ellos, los que viven vendiéndonos cosas que no necesitamos. Porque antes, la gran cosa era ver vidrieras por avenida Santa Fe. Pero era gratis. Entonces llegaron los shoppings y se acabó el fair play. Esos no lugares perfectos, con aire acondicionado y perfumito, tienen la ventaja de que son como calles en las que no llueve, ni hace frío ni calor. Y están estudiadas para enroscarte tanto la víbora que al final te ponés contento de reventar la tarjeta sin que nadie te obligue.

Los creadores de los centros comerciales saben más de nuestro comportamiento inconsciente que nuestras mamis. En la biblia del shopping center figura que todos tienen que tener un gran hipermercado. Porque nosotros, como somos vivos, queremos hacer una sola parada para comprar todo. Ahí pisamos el palito. Una vez en el shopping, comprás lo que fuiste a buscar (en el mejor de los casos) y mucho más (seguro). Para peor, ahora son centros de “ocio”; ellos saben que cuando querés pasarla bien te ponés dulce.

En el shopping está todo estudiado: salís del hipermercado como un chorlito, como si fueras una ratita de laboratorio caminando por un laberinto. Vas mirando vidrieras como para matar el tiempo, medio despistado y ¡zas!, caes en la trampa. Los diseñadores, por ejemplo, saben que en la entrada de un shopping, nadie mira a la izquierda. Por eso, los locales que ponen ahí son bancos, o servicios de algún tipo: sitios a los que va a propósito porque si no, ni los ves.

Otra que saben hacer es mezclar los negocios de manera que ningún lugar quede sin gente. Y no fallan. En 1989, los investigadores L.L. Sim y C. R. Way analizaron los shoppings de Singapur y concluyeron que para mover a la gente dentro del centro comercial, los negocios de moda debían estar en una ubicación privilegiada y los de comida y bebida, juntos para generar un efecto sinérgico.

¿Qué es lo que pasa ahora? Vas a comprarte una remerita y por ahí te subís un pisito. Pero ellos saben que lo que más gente mueve es el morfi y a vos te empieza a picar el bagre ¿Y dónde ponen los negocios de comida? En el último piso. Ahí nomás te recorriste el edificio de arriba a bajo y estás chocho. Además, sigue vigente la teoría que dice: “Cuanto más perdido estás, más comprás”. Eso explica varios intrincados shoppings en los que podés subir pero nunca sabés cómo bajar sin llegar al último piso.

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Fuente: http://arq.clarin.com

 

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Jose Taboada

Licenciado en Geografía, Postgrado en Ordenación y Desarrollo Territorial (USC) y Master de Sostenibilidad y Responsabilidad Social Corporativa (USC).

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