El Monte Lentiscal en los inicios del turismo en Gran Canaria

Desde mediados del siglo XIX, en que comienza la actividad turística organizada en Canarias de mano de los británicos, El Monte Lentiscal pasó a formar parte, junto a Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife, el Valle de La Orotava y el Teide, de los paisajes turísticos por antonomasia de las Islas. En este hecho influyó, sin duda, su clima, la proximidad a la ciudad de Las Palmas, la estética de su armónico paisaje rural y, sobre todo, la espectacularidad de la Caldera de Bandama y el “primitivismo” de los habitantes del Pago de La Atalaya.

Foto nº 2. Mirador de Bandama. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1960-1965
Foto nº 2. Mirador de Bandama. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1960-1965

Varios científicos decimonónicos, entre los que destacan el geólogo Leopoldo von Buch, los naturalistas Sabin Berthelot y Philip-Barker Webb, el antropólogo René Verneau, y viajeros, como Herman Christ, Olivia Stone, Richard F. Burton o Charles Edwardes dieron a conocer y difundieron los valores de El Monte por toda Europa y contribuyeron a la promoción de este espacio como destino turístico de calidad. De este modo, antes de finalizar el siglo XIX El Monte contaba ya con dos hoteles de lujo, el Quiney´s Bella Vista Hotel y el Santa Brígida Hotel, y otras instalaciones más modestas como las pensiones de Los Frailes y Victoria, o la Fonda de Santa Brígida. Alrededor de estas instalaciones turísticas se organizaban paseos a caballo y excursiones que conducían a los turistas hacia San Mateo, Telde o Teror, aunque sin duda, la excursión más relevante era la que incluía la visita a las bodegas de El Monte, al Pago de La Atalaya y a la Caldera de Bandama, y que también se ofertaba tanto a los turistas residentes en los hoteles de la ciudad como a los que hacían una estancia de horas o días rumbo a destinos más lejanos. Pero esta intensa y lucrativa actividad turística se interrumpió bruscamente con el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914.


La reactivación del turismo

Tras el largo paréntesis en que se suceden la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial (1914-1945), a finales de la década de los años cuarenta del siglo XX, el turismo comenzó a recuperarse en las Islas. Pero esta vez, y al contrario de lo que sucedió a finales del siglo XIX en que los promotores fueron en su mayoría británicos, los agentes locales apostaron por su desarrollo, diseñando desde las instituciones un plan de mejora de las infraestructuras y, desde el sector privado, construyendo nuevas instalaciones hoteleras. Para ello, desde el año 1934, se creó el Sindicato de Turismo en el que participó, de forma destacada, Néstor Martín Fernández de la Torre, que elaboró un plan estratégico para el desarrollo del sector y diseñó una imagen propia para los nuevos escenarios turísticos caracterizada por una presentación estética de carácter ruralista.
Los resultados de esta nueva estrategia se hicieron notar a lo largo de la década de los años cuarenta durante la que se ejecutaron grandes infraestructuras de nueva planta como El Pueblo Canario o el Hotel Parque en Las Palmas de Gran Canaria, El Parador Nacional de la Cruz de Tejeda, se reconstruyeron el Hotel Santa Catalina y el Hotel Santa Brígida, ambos incendiados en 1914, y se ejecutó una red insular de pequeños miradores localizados en lugares estratégicos como los situados en Degollada de Las Palomas, Degollada de Becerra y Pico de Bandama. El objetivo último de todas estas acciones era, además de favorecer la estancia de larga duración de los turistas, captar el turismo de corta duración generado por la escala realizada por los trasatlánticos, para lo que se recuperó la tradición de las excursiones.

“El Monte Park”

El Monte, que contaba con una larga tradición turística, se adaptó a esta nueva situación mediante el diseño de una excursión que se denominó “La Vuelta al Mundo” que incluía, como atracciones especiales, la visita al Pago de La Atalaya, la contemplación de las vistas panorámicas desde el nuevo mirador del Pico de Bandama y la visita a las bodegas de El Monte. Fue la época del “choni”, término local aplicado genéricamente a los turistas británicos que deriva del nombre propio Johni.

La carretera y el mirador del Pico de Bandama

La carretera y el mirador del Pico de Bandama se construyeron a finales de la década de los años cuarenta. El mirador fue diseñado por Néstor Martín Fernández de la Torre siguiendo la estética ruralista de todas sus obras. Esta pequeña infraestructura contaba además del mirador, que ponía al alcance de los turistas las espléndidas vistas de la Caldera y de todo el nordeste de la isla, con una edificación que cumplía las funciones de merendero donde se ofrecía vino del Mocanal, queso tierno de la zona y pan bizcochado. Hasta aquí acudían, además de los turistas, los vecinos de Las Palmas que, de esta forma, tenían la oportunidad de tratar con los “extranjeros”. La actividad de esta instalación se inició en 1950 y se prolongó hasta finales de los años noventa del siglo XX.

Foto nº 2. Mirador de Bandama. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1960-1965
Foto nº 2. Mirador de Bandama. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1960-1965

Pie de foto: El Mirador de Bandama se convirtió hasta los años 60 del pasado siglo en “un lugar de encuentro” de la sociedad grancanaria y de los turistas para compartir la tradición culinaria de la zona: queso tierno y vino del Monte.
El Hotel Santa Brígida

El Hotel Santa Brígida, cerrado tras el incendio que sufrió en 1914, se restauró bajo la dirección técnica de Miguel Martín Fernández de la Torre, que conserva parte de la estructura primitiva, y reinicia su actividad en 1948 bajo la dirección de su nueva propietaria Amy Head Quiney hasta que falleció en 1956 y, a partir de dicha fecha, de su hijo George Quiney hasta 1965 en que se constituye la sociedad anónima Hotel Santa Brígida S.A. Pero el hotel también generó una “cultura del turismo” que marcó una época en El Monte y que influyó notablemente en el desarrollo reciente del sector turístico de la isla. Según recuerda Juan Alonso Socorro en una entrevista realizada en 2005, que trabajó en él durante los primeros años de su larga carrera profesional en la hostelería, desde su infancia soñaba con ser camarero de profesión y este sueño me venía por la admiración que tenía a dos tíos míos que trabajaban en el Hotel Santa Brígida y que brillaban, sobre todo, por su elegancia (se habían educado en el ambiente inglés del Hotel). Mi ilusión por ser camarero me llevó un día a decirles que quería entrar a trabajar en el Hotel. Pues bien, ese día llegó en 1952-53 y fue la propia Amy Head Quiney, la que me llamó. Comencé como botones, para abrirle la puerta y subir las maletas de los huéspedes. ¡Me hicieron hasta un uniforme! Pasó el tiempo, y como ya no era tan jovencito, la Señora Quiney me llamó y me comentó que el puesto de botones no me venía bien y que si quería seguir trabajando en el Hotel lo podía hacer en la cocina y que ya luego se vería. Entré como pinche o, mejor dicho, como platero, ya que en el Hotel todo el menaje y vajilla era de plata y después de lavarlo había que darle mangrina. Allí todo tenía que brillar. Seguí ascendiendo y comencé junto a Carmelo, el jefe de cocina, como aprendiz de comedor. Íbamos perfectamente uniformados; yo en este entonces llevaba pajarita blanca y me encargaba de servirle a los niños y a sus institutrices, en el mini-comedor que existía exclusivo para ellos.
La clientela del hotel la formaban turistas británicos y la élite social de la ciudad. Juan Alonso Socorro recuerda que los turistas llegaban al Puerto en el Union Castle y el Yeoward, bien de ida a Sudáfrica o bien de regreso a Inglaterra. Gran Canaria era lugar de obligada parada y lo que sí recuerdo es que siempre llegaban a comienzo de semana y en la hora del mediodía. Llegaban al Hotel en taxi descapotable. Venían por una estancia mínima de dos semanas y máxima de tres o cuatro meses, huyendo del frío británico, llamados por lo benigno de nuestro clima y por la tranquilidad que reinaba en la zona. Paseaban todo el tiempo dentro del Hotel, por los jardines, unos jardines con plantas autóctonas y con flores de temporada cuidadas por “maestro Pancho”, el cual mimaba flor a flor.

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Algunos se acercaban al campo de golf, para practicar su deporte preferido, y otros, como el señor Francisco, hermano de la señora Quiney, caminaban hasta el Pico de Bandama…; Todo esto sucedía durante la semana ya que el fin de semana el Hotel se alimentaba de la gente rica de Vegueta y Triana… militares, jueces, notarios,… los cuales subían no solo por la tranquilidad sino además, por el ambiente social que se había creado en la zona. Lo que estaba claro es que el centro neurálgico de la Isla estaba en El Monte, alrededor del Hotel. Luego comenzaron a construirse las segundas residencias de la gente rica de Las Palmas y fue así como nació Monte Coello.
Según relata Juan Alonso Socorro, que dormía y comía en el hotel y cobraba 400 pesetas al mes, unos 2,4 €, la disciplina era estricta:
El desayuno, que algunos realizaban en sus habitaciones, se servía a las 8:00, tras el cual, los huéspedes leían el periódico, en el hall y delante de la estufa; una estufa decorada en bronce que cada día había que limpiar, y que se debía encenderse a las 8:30 horas. A las 12:00 horas se servía el almuerzo, aunque existía la posibilidad de tomar un aperitivo de media mañana en el bar del hotel. Lo que sí era un verdadero espectáculo digno de recordar era el “Tea Time” de las cinco, que se servía en el Hall, si el día no estaba bueno, o en la terraza los días de sol. Las teteras salían de la cocina, “echando fuego” y se servía con cake hecho en el Hotel, tostadas con mantequilla o mermelada.
A las 19:00 horas se abría el comedor para la cena y allí estaba ella (Amy Quiney), supervisándolo todo. Tenía un taburete especial en la cocina y, sentada, ya que contaba con 90 años, controlaba que la comida al salir al comedor estuviera bien caliente.
Nos cuenta también Juan Alonso Socorro otras curiosas anécdotas del hotel:
El día de llegada de los turistas, Carmelo me levantaba a las 7:00 para ir a buscar la leche. Iba andando con mi lechera a La Vuelta de los Patos, a la finca de Rafaelito Nieves, aunque a veces me dejaban la bicicleta. Igual pasaba con los productos de la cocina. Acompañaba a Lolita, la jefa del economato, al Mercado de Las Palmas. Íbamos en un coche mitad tartana, mitad coche. Era un Ford 4, con techo descapotable. En el Mercado comprábamos la fruta, las verduras y la carne y el pescado lo comprábamos en los establecimientos que estaban alrededor del Mercado. ¡Como recuerdo a Andrés el ratón vestido, el pobre, de militar!
Fue siempre muy importante el papel que ejerció Maximino, el jefe de recepción. Era el hombre fachada del Hotel, un hombre alto y robusto. Muy bien vestido, como todos los que trabajábamos allí.
El servicio del Hotel era tal, que en la entrada de los baños generales, por ejemplo, había una camarera que entregaba las toallas y los elementos necesarios a cada uno.


El Bar-Restaurante Bentayga

Frente al hotel, y a su amparo, se abrió el Bar – Restaurante Bentayga, otro de los pilares de la recuperación del turismo de El Monte en la postguerra. Su apertura data también de 1948, siendo el principal socio y fundador Juan Espino Morales. Su estratégica situación al pie de la carretera general del centro y en las proximidades del cruce de la carretera a Bandama hicieron de él un centro neurálgico de la recuperación de la actividad turística, y fue lugar de reunión tanto de turistas como de residentes. Hasta él, durante las frescas tardes del verano, se trasladaban los visitantes locales que subían a Santa Brígida de temporada para tomarse un aperitivo o bien para cenar, si se hospedaban en la oferta alojativa de la zona, y los turistas, en su mayoría británicos, que se alojaban en el Hotel Santa Brígida o bien aquellos que llegaban en “pirata” desde Las Palmas.
Juan Alonso Socorro recuerda, en una entrevista realizada en 2005, que en aquel entonces, antes de comenzar a trabajar en el hotel, lo hacía en el Restaurante Bentayga, propiedad de Juan Espino Morales, echando carbón en el fogón con tan sólo doce años, y ganando 30 duros (unos 90 céntimos de euro). Recuerdo que el barman era Agustín Artiles, el de Las Grutas de Artiles, un hombre tan elegante que, incluso, muchas de las señoras de Las Palmas subían al Bentayga a tomar el café de la tarde sólo para verlo… Las papas arrugadas con mojo, las carajacas y la sangría era lo típico del Bentayga. Era uno de los pocos sitios donde preparaban bien las carajacas.

El campo de golf de Bandama

Otra infraestructura que vino a completar la oferta turística de El Monte en este momento fue el campo de golf, el primitivo Las Palmas Golf Club, el campo más antiguo de España creado por un grupo de británicos en 1891 en El Lomo del Polvo, actualmente Schamann, que se trasladó al llano de Bandama. La iniciativa partió del grancanario Juan Domínguez Guedes y del diseñador de campos de golf británico Mackenzie Ross que promovieron el proyecto de reubicación del club, que culminó en 1957, y que pasó a denominarse desde entonces Real Club de Golf de Las Palmas.

La excursión de la “Vuelta al Mundo”

La excursión de la “Vuelta al Mundo”, que se realizó primero en tartana y luego en “pirata”, fue el producto a través del cual se articuló la oferta turística de El Monte en este momento. Su recorrido partía de Las Palmas de Gran Canaria, pasaba por Telde, La Higuera Canaria, el Barranco de la Angostura, La Atalaya, el Pico de Bandama, El Monte Lentiscal y finalizaba nuevamente en la capital. En El Monte se realizaban paradas en La Atalaya, donde se visitaba el pago y se adquiría cerámica, en el recién construido mirador del Pico de Bandama, desde donde se contemplaban las vistas panorámicas sobre el nordeste insular, y en el Bar – Restaurante Bentayga, donde se degustaban productos del país y se adquirían manteles y otros souvenir.

TARTANA
Foto nº 3. Tartana y paisaje de El Monte, Joaquín González Espinosa. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1925

Pie de foto: Con la excursión “La Vuelta al Mundo”, El Monte amplio su llegada de turistas, ofertando la diversidad patrimonial natural y cultural que le caracterizaba

María Guerra Alonso, una alfarera de La Atalaya, recuerda como llegaban aquellos turistas: Aparecían por el Puente de Las Goteras en coches piratas y nosotras, al verlos venir, preparábamos el taller y la loza. Una vez visitadas nuestras cuevas, les decíamos, ¡un peni, un peni!, para ver si nos daban algo de dinero. Juan Alonso Socorro recuerda también la expectación que generaba la llegada de los turistas entre los niños que les esperaban en la subida de Bandama para pedirles un “peni”. Carmen Perera Rivero -hija de Juana Rivero Vega, nieta y biznieta de alfareras-, nos trasmite en una entrevista realizada en
2004 sus recuerdos sobre aquella excursión: Recuerdo cuando venían los turistas que se volvían locos para ver las cuevas, a ver la loza ¡y compraban mucha loza! Nos dejaban regalos, una tarjeta, un pañuelo y ¡hasta dinero! Nada más llegar los turistas al muelle, donde primero venían era aquí, esto era un sitio turístico, bueno mejor dicho típico.

Foto nº 4. Horneando loza. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1895-1900
Foto nº 4. Horneando loza. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1895-1900

Pie de foto: Los Talayeros esperaban ansiosos la visita de los ingleses. Sus piezas de alfarería únicas elaboradas sin torno y la imagen de pueblo troglodita, se ofrecían como atractivos culturales a un turista atraído por su originalidad.

En el corto espacio que separa el Hotel Santa Brígida del Bar – Restaurante Bentayga se organizaba, todos los lunes y martes, un espectáculo que atraía la atención tanto de los turistas residentes en el hotel como de los que hacían un alto en el Bentayga como parte de la excursión de la “Vuelta al Mundo”. Según recuerda Juan Espino Ojeda, hijo del propietario del Bentayga, todos los lunes venían las “talayeras” a lavar en la acequia que pasaba delante del Hotel. Era curioso verlas porque lavaban en una especie de pileta hecha en la misma roca. Recuerdo que había cuatro piletas y que luego secaban la ropa sobre una hilera de tuneras que marcaban el límite entre la acequia y el hotel. Los lunes y los martes eran los días de llegada de turistas, los cuales se acercaban a los “cambulloneros” que, con la mantelería canaria, Arte de Toledo traducido en abre cartas, pulseras, pequeñas cucharillas y la muñeca de la época, que era reversible pero que representaba a la mujer andaluza, montaban mercadillo al aire libre que era un atractivo más (entrevista realizada en 2005).
Según relata Juan Alonso Socorro, los lunes era el día de los negocios, de las ventas. La venta ambulante se adueñaba del espacio entre el Bentayga y el Hotel. Allí se colgaba en liñas toda la mantelería canaria, las talayeras exponían toda la loza y hasta fruta de la zona se llegó a vender delante del Hotel. Incluso, su abuelo, Antonio Socorro Ramírez, mayordomo de la Finca de la familia Rodríguez Quebles, hoy Bodega San Juan, en la recta del Mocanal, llegó a montar en la entrada de la finca, donde están plantados los algarrobos, una mesa y ofrecía los Malvasías y Moscateles que se cultivaban a los turistas ingleses.

 

Foto nº 5. Hotel Santa Brígida. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1900-1905
Foto nº 5. Hotel Santa Brígida. Fotógrafo sin identificar. FEDAC-Cabildo de Gran Canaria, 1900-1905

Pero, la presencia de las lavanderas de La Atalaya, lejos de constituir un espectáculo ideado específicamente para los turistas, era una vieja tradición que fue registrata por Olivia Stone (1995 [1887]: 119) a finales del siglo, aunque sin duda la afluencia de los cambulloneros es posterior y se debe a la presencia de los turistas: Junto a la carretera discurre una acequia estrecha, en la que todo el vecindario parece estar lavando; tiene algunas yardas de césped a cada lado y setos de piteras que ofrecen puntos donde secar la ropa. Muchas de las mujeres que estaban lavando tenían utensilios de cocina junto a ellas y había algunas hogueras encendidas, o sea que no tenían que volver a casa para comer.
Queda también para el recuerdo de esta época la entrañable canción titula El Tartanero, compuesta por Andrés Viera Plata en 1960 y popularizada por el grupo musical Mary Sánchez y los Bandama, en la que se refleja la actividad de esta tradicional excursión que, con esta canción, pasó al acervo cultural grancanario, en la que destaca la estrofa que relata la llegada de los turistas del Union-Castle los lunes y de la Yeoward (Yova) los martes que realizaban la excursión de la “vuelta al Mundo”.

EL TARTANERO
Mary Sánchez y Los Bandama

Tartanero, Tartanero
cuida bien de tu tartana
que el caballo no esté flaco
y no le falte cebada.
Tu tartana, tartanero
Píntala de color canelo
Las varillas todas blancas
Ay que linda tu tartana.

Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, traca
Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, tra-aca
Arre caballito, que nos falta poco
Triqui, triqui, trique, trique, trique, traaaaa

En los días de parranda
Con las patas voy por fuera
Traigo millo bien tostao
Queso tierno en la talega.
Un manojo voladores
Un caldero carajadas
Un cacharro caracoles
Cuatro o cinco kilo papas.

Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, traca
Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, tra-aca
Arre caballito, que nos falta poco
Triqui, triqui, trique, trique, trique, traaaaa

Hoy es lunes, llega el Castle
Y mañana llega el Yova
Very vuelta a la trompá
Pa Tafira voy de fiesta.
Un bonyur con mucho tacto
Un yespiquinglis de vuelta
Le jincó el rian pal puerto
Y pal barrio de Vegueta.

Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, traca
Triqui, triqui, triqui, triqui, triqui, tra-aca
Arre caballito, que nos falta poco
Triqui, triqui, trique, trique, trique, traaaaa.

Pero la actividad turística en El Monte entró en declive nuevamente a partir de la década de los años sesenta del siglo XX con el cambio de gusto de los turistas, que buscaban sol y playa, y los inicios de la urbanización turística del sur grancanario. El Hotel Santa Brígida cerró en 1965, y la actividad alfarera tradicional del Pago de La Atalaya, sostenida por el turismo, entró en declive.

La creciente demanda actual de productos turísticos desarrollados en el medio rural por aquellos visitantes que disfrutan de su tiempo de ocio vinculado a la cultura del lugar visitado, hace nuevamente de El Monte un destino turístico donde los valores naturales y culturales propios de la zona cobran el principal protagonismo, rescatando la imagen turística conservada hasta bien entrado el siglo XX.

Autores:

María del Pino Rodríguez Socorro
Doctora en Geografía y Master en Turismo por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Profesora Asociada

Antonio Santana Santana
Profesor Titular de Universidad,  Departamento de Geografía. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria
Los albores del turismo
Bibliografía

HERNÁNDEZ GUTIÉRREZ, S.: La Edad de Oro. Ediciones Idea. Santa Cruz de Tenerife, 1995.
MIRANDA FERRERA, M.: Destino Gran Canaria. Ediciones Idea. Santa Cruz de Tenerife, 1995.
RODRÍGUEZ SOCORRO, Mª. del P.: Itinerarios Turísticos en Áreas Protegidas: problemática y metodología para su elaboración. Tesis Doctoral. Departamento de Geografía. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, 2004.
SANTANA SANTANA, A.: “Evolución de la imagen turística de Canarias”. XV Coloquio de Historia Canario Americana: 145-156, Las Palmas de Gran Canaria, 2004.
SANTANA SANTANA, A. y RODRÍGUEZ SOCORRO, Mª. del P.: El Monte Lentiscal, un espacio de larga tradición turística. Ediciones Idea. Santa Cruz de Tenerife, 2006.
STONE, O.: Tenerife y sus seis satélites. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria. Valencia, (1995 [1889]).

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Jose Taboada

Licenciado en Geografía, Postgrado en Ordenación y Desarrollo Territorial (USC) y Master de Sostenibilidad y Responsabilidad Social Corporativa (USC).

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